Consumidores consumidos

La actividad privada está igual de mal que la pública.

• Compré en EPA Curridabat una lámpara grande de jardín de esas que se instalan en un poste y cuando, al año, llegué al mismo negocio por un repuesto para el bombillo, el empleado fue más que contundente: “Ya no manejamos ese productito”. Pues bien, desde entonces estoy aquí comiéndome la lámpara de a poquitos. ¡Después de todo no sabe tan mal!

• Llevé el carro a AutoStar para cotizar su reparación pero, a juzgar por el diagnóstico que le hicieron, estaba más muerto que vivo. Repararlo me costaba ¢1.880.000. Lo llevé a donde Cristián, un genio de la mecánica y honorable hasta la pared de enfrente y me lo arregló en su tallercito por ¢88 mil y ando como estrenando.

• Una amiga compró un paquete de frijoles Carolina de 900 gramos y, como es cocinera profesional, cuando llegó a la casa los pesó y ¡oh sorpresa!: apenas 700 gramos. ¿Con cuántos  otros productos de los que vos comprás a diario te pasará lo mismo y nunca te enterás?

• Me recomendaron a dos ingenieros para arreglar el tanque séptico de una casa. Tras cotizarme ¢1.300.000 por la obra, los contraté. Cuando habían cavado los cuatro metros de profundidad presupuestados, me llamaron para avisarme que ahora el trabajo valía ¢355 mil más debido a imprevistos técnicos no contemplados. Su mensaje no podía ser más claro: o les aceptaba el aumento o dejaban el hueco abierto apestando a cloaca por todo el barrio.

• Antes, en los aviones existían la “primera clase” y la “clase económica” o “turista”. Ahora, a esta última la han dividido en un montón de subclases o zonas que bien podrían llamarse: “gallinero”, “gallinero medium-plus”, “gallinero extraplus” y así sucesivamente según si te toca sobre el ala, en la cola o dentro de la turbina. ¡Bon voyage!

• Andá también ahora a ciertos restaurantes. Te sirven la comida en porciones ultramicroscópicas con un montón de lechuga decorativa y perejil al centro –entre otros incomibles– para impresionar al cliente. Sólo el cuentón te llegará en bandeja grande.

• En los peajes a Caldera tenemos que pagar un ojo de la cara por transitar una vía estrecha, peligrosa, incompleta y atascada de carros. Masoquistas que somos: pagamos caro para que nos flagelen rico.

• Si vas a Momentum Pinares te reciben dulcemente con escaleras mecánicas para que subás y consumás. Eso sí, en cuanto te gastás la plata, como ya no sos importante, podés lanzarte en picada desde el segundo piso o, si preferís, bajar las graditas de cemento.

• Te comprás un iPad con el iOS 7 y pegás brincos de la felicidad. En menos de dos años te inventan el iOS 9 y al carajo tu iPad, tu plata y tu felicidad porque ya estás obsoleto. ¡Y que diOS te ayude!

¿Así o peor? Contá tu caso aquí en la red para que el comercio en general no crea que nos estamos chupando el dedo. Y para que la Comisión del Consumidor tome nota.

 

ed@columnistaedgarespinoza.com

 


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