De San Este a San Oeste

San José se divide hoy en dos países: el Este y el Oeste.

Como habitante del San José Este (SJE) cada vez se me hace más lejano y extranjero el San José Oeste (SJO).

Así debió ser allá por los años 1900 cuando había que ir en carreta o a caballo de un extremo al otro. El problema ahora es que teniendo carros de 200 por hora, las carreteras no pasan de uno por hora.

Por eso, para mí y para muchos, cruzar de Tres Ríos a Escazú o Santa Ana es todo un viaje internacional con visa, pasaporte, vacuna, despedidas y llorada.

Lo mismo, pero al revés, les debe ocurrir a los del Oeste, con la diferencia de que allí hay más cosas que ver y hacer que aquí donde, sobre todo en invierno, nos ponemos la pijama a las seis de la tarde, orinamos y nos acostamos.

Mientras el Oeste luce como un “Little Manhattan” pletórico de mini rascacielos colgantes, avenidas comerciales, Lamborghinis, hotelazos, pasarelas de la moda y el glamour y centros de diversión, de este otro lado lo único que tenemos para presumir es la Casa Presidencial, pero ya ni eso porque vive siempre “pellejeándola”.

Yo voy ahora al Oeste y aunque no entiendo mucho su idioma siento que se me sube el ego al pasar entre Lancôme, Courtyard, Allure, Claiborne, Gucci, Dolce & Gabbana… ¡Ah, y el inefable don Louis Vuitton!

Cuando hace muchos años yo iba a Escazú y Santa Ana el lenguaje era muy otro: apear jocotes, brincarse la cerca, panal de avispas, calda el último, zambullida en la poza, nos dejó la “lata”…

Además, a la hora del picnic bajo un guachipelin éramos fanáticos contumaces del “comehuevismo” a ultranza que, con frijoles molidos, ¡válgame Dios!

La principal causa de la tensa separación Este-Oeste es, para variar, el estrangulamiento vial.

No existe una vía directa que nos lleve a alguno de los dos lados de un solo tirón. Durante el trayecto hacia el San José Oeste uno debe ir muchas veces norte, otro tanto sur y no pocas este, como devolviéndose.

Si en algunas ocasiones no me he devuelto del todo es porque viniendo hacia el este a veces también hay que ir oeste y entonces uno nunca sabe si va o si viene. Y es porque, sin importar el sentido, en San José uno siempre viaja devolviéndose.

Debe ser por eso que a los que no les queda otra que ir al San José Oeste se las ingenian hoy para andar en el carro con todo lo necesario para sobrellevar la pesada cruz vehicular.

He visto gente, a la hora de hacer un “Alto”, comiéndose sobre el timón el desayuno que por falta de tiempo no se pudo terminar en la casa o que compró de camino.

Yo lo he hecho. Uno pone el plato o contenedor con los huevos, el “pinto” y los maduros en el asiento del costado o regazo y aprovecha las presas para írselos comiendo de a poquitos.

El único cuidado que se debe tener es con los frenazos, no vaya a ser que acaben los huevos en la “faja del abanico”.

Debido a toda esa situación, la gente anda ahora con media casa dentro del auto. La he visto desde cambiarse de ropa en los asientos de atrás y rezar el rosario hasta lavarse los dientes con agua de botella, pasta, cepillo y gárgaras.

Las presas entre SJE y SJO son hoy tan monumentales a toda hora que ya hasta hay gente experta en orinar hacia dentro, entre otras cosas. Uno la reconoce porque pone cara de que va a llorar. Bueno, así me vi yo un día en el espejo retrovisor.

Como el carro hace tiempo dejó de ser un medio rápido de transporte, lo hemos convertido también en un apéndice de nuestra oficina para trabajar en media calle.

Por ejemplo, de carro a carro es posible observar al ejecutivo con el celular en una mano hablando y resolviendo cosas, y con un banano en la otra desayunando. A veces se confunde y habla por el banano y se come el teléfono, pero es cuando le están pitando desde atrás.

El SJE y el SJO se han convertido incluso en dos etnias capitalinas muy diferentes, con otro acento, raza, peinado, estilo de vida y cultura.

Uno de los atractivos del SJO es, por ejemplo, que la gente se desplaza en “short” y camiseta al banco, hospital, restaurante, entierro, misa o visita. Y toda oliendo a “suntan lotion” para no perder su tueste caoba.

En cambio aquí en el SJE, con esos fríos y chiflones del Atlántico, no podemos ni enseñar la pantorrilla porque se nos pone piel de gallina, o sea, nada sexy.

Las diferencias entre los del Este y el Oeste son tan marcadas que ya sabemos quienes somos cuando nos visitamos. A los del Oeste les debemos parecer algo montaraces y “Very Old Fashion”. O sea, todavía “comehuevistas” irredentos.

En cambio, cuando son ellos los que nos visitan, andan con cara de querer darse vuelta en U. Se los ve extraviados, saltones, apurados. Todo les parece baratísimo y por lo tanto sospechoso. Se cuidan de la comida y les debemos oler a mueble viejo.

Pero se equivocan. Les recuerdo, para que les arda, que cuando ellos eran honorables potreros, aquí en el SJE los barrios Amón, Otoya, Los Yoses y La Granja eran nuestro toque europeo. Olíamos a París.

Bueno, yo me crié en Los Cementerios… Lo más cerca del cielo que había. El infierno aún no existía. Ahora ni en avión se puede pasar por ahí.

Si al menos hubiéramos tenido la visión de conservar la Sabana como aeropuerto, hoy día haríamos vuelitos cortos a Desamparados, Ciudad Colón, Moravia, Heredia, Tibás, Tres Ríos…

O sea, muy por encima del viacrucis citadino y quizá hasta con fresquito de tamarindo y maní a bordo.

San José debería ser lo que una vez fue la capital de Hungría (hoy Budapest) cuyo lado oeste se llamaba Buda, y el este, al otro lado del Danubio, Pest.

Nosotros no tenemos Danubio, pero tenemos la Sabana, centro neurálgico de confluencia de las dos culturas, perfecto para partir el santo en San Oeste y San Este. ¡Y sanseacabó!

ed@columnistaedgarespinoza.com

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