Democracia bajo asedio

editorial 150x150 Democracia bajo asedioCosta Rica es el único país de América Latina que logró notables progresos desde la segunda mitad del siglo pasado, incluso durante la llamada década perdida de los 80, en paz y en democracia. Unos pocos países alcanzaron logros similares y en muchos siguen pendientes, pero en todos medió el flagelo de la guerra civil y la dictadura ¿Por qué entonces un 53% de los costarricenses cuestionan la institucionalidad democrática, según el último latinobarómetro? ¿Por qué más del 50% no acudirá a las elecciones del 2014 o encuentra difícil identificarse con ningún partido? Generalmente, las explicaciones vienen cargadas de emotividad, de lugares comunes que emanan de la academia o de liderazgos cuya retórica busca beneficios políticos electoralistas.

Común en estos tiempos es echarle la culpa al neoliberalismo. En nuestro caso, nada más subjetivo y más alejado de la verdad. Costa Rica nunca adoptó el Consenso de Washington y además continuó con su línea progresista durante la década perdida que sí golpeó con severidad a muchos otros países. Las cifras hablan en forma contundente: crecimiento promedio entre 1986-1993: 4,8%; crecimiento en servicios en el mismo período: 60%; crecimiento en manufactura y agroindustria 4,5% y 4,6%, respectivamente; crecimiento en turismo: 23%; empleo creció 4,7%, casi el doble de la población; hasta 1993 el país logró bajar la pobreza a niveles de mediados de 1980, gracias al rápido crecimiento; el coeficiente gini bajó de 0,27 a 0,1. Los logros en calidad de vida, por ejemplo expectativa de vida y mortalidad infantil, fueron igualmente notables y se encuentran entre los mejores del continente. En suma, el neoliberalismo en nuestro caso es ficción y tampoco hay razón para atribuirle los avances sociales y económicos que el país mantuvo en la década perdida.

Costa Rica sí cambió su modelo de desarrollo porque la sustitución de exportaciones, de una economía cerrada al mundo, dejó de ser viable en globalización y porque un país pequeño como Costa Rica no podía vivir del mercado interno y tuvo que abrirse al comercio mundial. Las aperturas, la exportaciones y el turismo fueron los ejes del nuevo modelo, que nos ha servido bien, excepto por los efectos de la crisis del 2008-2009, considerada la más profunda desde la del 1929.

Pero volvamos a la pregunta ¿Por qué ahora incluso nosotros ponemos en duda la democracia? Pensamos que, tanto en Costa Rica como en otros países de la región, hay indignación general porque las expectativas exceden en mucho las realizaciones de los respectivos gobiernos. El enojo popular encuentra escape en manifestaciones populares que producen caos, obstaculizan los procesos productivos y generan un entorno de polarización en el cual los acuerdos son cada vez más complejos y las soluciones más distantes. La democracia ha sido eficaz en garantizar los derechos humanos y las libertades civiles, pero muy poco en aliviar el bienestar material de los pueblos, creando así una situación perdedora por la simple lógica de la jerarquía de las necesidades de Maslow. De alguna forma, la gente ha entendido que la democracia es un camino lento y que hay que hacer algo distinto para aliviar el castigo severo que le impone la pobreza.

Cansados de esperar, los pueblos están dispuestos a correr riesgos y explorar otras opciones. El chavismo, que hoy preocupa a la región, es contradictorio pero real. En el pasado, cuando un dictador caía por cualquier método, era motivo de regocijo generalizado. Cuando Chávez muere, la mayoría de los países acuden a expresar su solidaridad porque, cualesquiera sean las contradicciones de la experiencia venezolana, una mitad de ese país respalda al sistema y la otra mitad apuesta por la democracia. Mal gobierno es la patología política que tiene postrado el desarrollo y que no ha permitido equilibrar los derechos civiles y el bienestar material cuya cara más visible, la pobreza, condena a vastos sectores a vivir en condiciones indignas e inaceptables para cualquier ser humano.

En el largo plazo, la democracia sobrevivirá el asedio de las coyunturas regionales. Sin embargo, lo hará solo a un gran costo humano y a un deterioro institucional que costará mucho reparar. Por tanto es urgente encontrar una vía rápida para producir buenos gobiernos. Por supuesto, sobran culpables, lo cual sugiere que las decisiones correctivas pasan por focalizar problemas y prescindir de posiciones ideológicas ortodoxas y verdades absolutas. El argumento válido, según el cual la evidencia histórica apunta el fracaso de modelos de planificación central y estructuras autoritarias, ha sido insuficiente para detener el desastre venezolano. Si Costa Rica, o cualquier otro país, ignora el descontento popular y omite plantear soluciones de fondo, los costos políticos, sociales y económicos serán mayores y más dolorosos.

¿Cómo crear buenos gobiernos? Lo primero es reparar la organización y la gestión pública, por donde pasan casi todas las iniciativas de cambio. Costa Rica es un buen ejemplo de ello. El Estado se convirtió en una carga económica para todo el país y para la competitividad, cuando la globalización más la requiere. Un Estado cuyo costo equivale al 78% del PIB no es viable. Tampoco cuando la ineficiencia nos cuesta varios miles de millones de dólares por año. El déficit fiscal y el endeudamiento que hoy pasa el 50% del PIB, emanan de nuestro Estado disfuncional. Ninguna reforma fiscal los resolverá o incluso podría complicarlos.

Un segundo punto es el concepto de democracia y sus repercusiones en la capacidad del país para ejecutar proyectos de desarrollo, en oportunidad y costos coherentes con la situación del país. La democracia en sus formas tradicionales no aporta instrumentos para ello. El exceso de democracia que tenemos en Costa Rica, en el que cada costarricense tiene una solución que excluye la de todos los demás, es una vía ultra lenta, ineficaz, que tiende al status quo. El chavismo lo resolvió rompiendo la estructura institucional y poniendo todos los huevos en la canasta del poder ejecutivo o, peor, del Presidente. El cascarón democrático quedó intacto, pero no funciona. Es un simulacro de democracia o, como algunos lo llaman, una dictadura en democracia. Sin embargo, tiene respaldo popular sustancial y tendremos que vivir con esa estructura autoritaria por algún tiempo.

México ha abierto otra vía. Peña Nieto se ha movido con gran sutileza, pero con contundencia, mediante acuerdos con la derecha y con la izquierda. Con esta llevó a cabo una reforma educativa de importantes implicaciones. Con la derecha ha logrado la aprobación amplia del congreso nacional de la reforma energética y el apoyo mayoritario estatal. La ley otorga al Presidente la facultad de dictar leyes secundarias. Aunque la experiencia es muy reciente para prever sus consecuencias, el Presidente ha conseguido erigirse en una figura de autoridad, sin dañar la estructura institucional democrática.

Costa Rica haría bien en intentar la fórmula mejicana. 13 partidos aspiran al poder y la mayoría de ellos tendrán representación en el congreso. Con el actual reglamento, un diputado puede detener cualquier proyecto de desarrollo. Además, los procesos legislativos son demasiados lentos y entran en conflicto con el corto período presidencial de 4 años. Pero el país no podrá salir del atascadero, si la autoridad del ejecutivo, que empezó a perderse con la Constitución de 1949, no se restituye; y, si los demás órganos públicos no entienden que para cumplir con la función esencial del Estado (bienestar de todos) se requiere cooperación, más que control mutuo e independencia. Esto es esencial para recuperar la confianza de la población. Porque le venimos pidiendo que vote, para que luego ese voto sea defraudado porque al Presidente se le niegan los medios e instrumentos para ejecutar. Esto no es otra cosa que un burdo engaño y atenta contra la principal institución de la democracia. Y, por supuesto, el buen gobierno tampoco será posible si los procesos administrativos (tecnología y gestión de recursos humanos, físicos y financieros) no son rediseñados, casi en su totalidad.

Que la democracia está en riesgo, lo dicen los países que ya se han distanciado de ella con populismos o socialismos de nuevo cuño. Recuperarla donde se ha perdido y renovarla donde ha fallado se logra por la vía del buen gobierno que requiere voluntad política o incluso participaciones civiles decisivas, si el político evade su responsabilidad.

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