El cielo es cuántico

¡Buenas noticias! Es más probable la existencia de una inmortalidad cuántica, que la existencia de la anunciada inmortalidad divina que predicen Biblias y religiones.

Esa es la razón por la que cada vez adquiere mayor relevancia la teoría del “biocentrismo” que postula que la muerte, en un sentido real, no existe.

Para esa teoría, inspirada en la física cuántica, las cosas existen al revés de como se han planteado hasta ahora, o sea, a partir no de la materialización del universo sino de la vida, de un estado de conciencia.

Las cosas son no porque existan en sí mismas sino como producto de nuestra propia percepción. Sin un observador, nada sería. Moldeamos una realidad determinada a través de nuestros filtros sensoriales.
Es decir, en tanto sea consciente de mi “aquí y ahora”, éste y ningún otro será mi universo. Yo “fabrico” los objetos, creencias y sensaciones a partir de las emisiones sensoriales que de manera diversa y fragmentada me llegan desde fuera.

De ahí que no deje de ser frustrante depender solo de la versión humana para concebir una hipotética realidad. En lo personal me hubiera encantado conocer también, desde su atalaya prehistórica, la de una ameba, trilobite o dinosaurio quienes por su gran rodaje existencial habrían tenido mucho que aportar. Ni qué decir un alienígena.

En otras palabras, carecer hasta ahora de un parámetro no humano de las cosas pareciera habernos hecho verlas de manera unívocamente alteradas por nuestras propios prejuicios y miedos ontológicos.

Es desde esa dimensión afectada de donde, por ejemplo, surge la concepción humana de la muerte con su exquisita parafernalia de dioses, letanías, mitos, supersticiones y toda suerte de creencias en su afán desesperado de tenderse un puente de plata hacia la vida eterna.

Lo interesante del “biocentrismo” es que, consciente de esa subjetividad extrema del hombre, nos ofrece la opción de la muerte no como un hecho terminal y definitivo sino desde la concepción cuántica, a mi juicio mucho más potable que la religiosa en tanto sujeta a la fórmula científica de prueba y error.

Dentro del postulado “biocentrista”, que reconoce la existencia de universos paralelos al nuestro, el cuerpo muere y se pudre pero la conciencia trasciende a cualesquiera de aquellos gracias a que no depende ni del espacio ni del tiempo creados por el hombre como simples referentes terrenales.

Si el propio Einstein, tan de carne y hueso como usted y yo, logró en su momento cambiar, de absoluta a relativista, la percepción del espacio-tiempo ¿cuánto más de nuestra cosecha humana no será mera ilusión o impostura?

Démosle entonces por ahora el beneficio de la duda al “biocentrismo” y alegrémonos de que, aunque también demasiado humano, nos abra la alternativa de una salvación eterna más expedita y hasta democrática por encima de dogmas, guerras santas, imposturas bíblicas y tramitologías divinas.

Así las cosas, y a diferencia de la opción religiosa que nos somete a sus ritos de sacrificio y adoración para ganarnos la gloria, en la inmortalidad cuántica todos tendríamos asegurada una existencia energética, ya como una flor de neutrinos, ya como una aureola de partículas WIMP, sin tanto estrés sacramental.

El gran mérito de la teoría del “biocentrismo” es, en todo caso, su intento de lograr una simbiosis entre la conciencia y la mecánica cuántica en aras de crear un modelo menos traumático de la realidad humana. Y bueno…¡Quién quita un quite!

¡Bienvenidos, pues, al cielo cuántico!

ed@columnistaedgarespinoza.com

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