La deuda de la democracia, la revolución digital y la sociedad “5-75-20” como factores de cambio

editorial 150x150 La deuda de la democracia, la revolución digital y la sociedad “5 75 20” como factores de cambioLa sensación de crisis es generalizada, a nivel mundial y nacional, aunque no siempre bien entendida. Cada contexto tiene sus elementos particulares, pero también los hay comunes, especialmente en el mundo globalizado. La cuestión que nos preocupa es si las crisis son de carácter nacional o mundial, por una parte. Y, por otra, si son crisis políticas, por deficiencias en las institucionalidad; o si se trata de una crisis de adaptación a un mundo, nuevo pero incomprensible para muchos estratos de la sociedad, en especial para la gerontocracia dominante. Y usamos ese término gerontocracia sin intención peyorativa, para enfatizar una ruptura asociada con el cambio generacional actual, muy distinto de los puntos de cambio generacional pasados. Estas notas son solamente expositivas. Es posible que intentemos un segundo editorial de carácter propositivo.

Democracia en deuda: lo más visible en la realidad política de nuestra región y del mundo es que la democracia ha quedado debiendo, especialmente en el plano económico y social (crecimiento, empleo e ingresos). La democracia es rica en derechos civiles y políticos, pero pobre en atender el bienestar material de la población. La exclusión, la desigualdad y la pobreza siguen siendo su talón de Aquiles. Las crisis económicas cíclicas en general han representado retrocesos importantes, como los que hoy sufren los países de la Unión Europea, mientras los países en desarrollo enfrentan postergaciones sostenidas más graves para amplios sectores de la población. La consecuencia es el debilitamiento de la democracia, incluso en América Latina (AL) que venía experimentando décadas sin el lastre de las dictaduras. Hoy el populismo está presente en muchos de nuestros países, con rasgos e intensidad variada, que en forma mantienen una fachada democrática, pero en práctica han destruido su base institucional.

Un nuevo entorno: la globalización económica es un viejo acontecimiento que se viene produciendo en el mundo en distintos estadios de la historia. Fue muy clara con el descubrimiento de América y, más recientemente, con la revolución industrial en la segunda mitad del siglo XVIII. Sin embargo, la globalización actual conlleva la revolución digital, un cambio profundo mundial y en todos los aspectos de nuestras vidas. Su principal fortaleza es poner el conocimiento a golpe de teclado y disponible a todos los países y ciudadanos del mundo. Pero también ha impactado en la salud, la educación y todos los demás servicios públicos, los hábitos de adquisición, el consumo, la producción, el entretenimiento y, las formas de socialización.

Quienes “manejamos el mundo” lo apreciamos a medias. Me refiero a las gerontocracias dominantes, sin que este término tenga un carácter peyorativo. Sólo que en la sociedad estable en que vivimos, los adultos mayores seguimos controlando las estructuras de poder, gracias a la sabiduría y la experiencia, ahora cuestionadas. Y ello entra en franco conflicto con una “nueva” generación, más versátil, con mejor actitud y mayor dominio de las facilidades que le da la revolución digital para poder encarar los “nuevos” retos.

La revolución digital es el gran factor de cambio de nuestra época yprincipal responsable del nuevo entorno. El hombre proteico ya está con nosotros. Parafraseando a Rifkin, vive en un mundo de cuñas sonoras de siete segundos; accede rutinariamente a nueva información, la pierde y la recupera en forma inmediata; su atención es momentánea; actúan más como intérpretes que como creativos; son menos reflexivos, más emocionales; su pensamiento lo integran más las imágenes que las palabras; son espontáneos, poco interesados en la ideología y más afines con la solución de problemas; resisten las estructuras y prefieren entornos planos, menos estables; y, asocian la soberanía del consumidor con la democracia. En esencia, el hombre proteico es más flexible, más cambiante, más espontáneo, más adaptable y en muchos sentidos más libre (J. Rifkin, La era del acceso). Está hecho de la misma sustancia del nuevo entorno en el  que ha crecido y en muchos sentidos brota de una ruptura con su generación precedente.

Un futuro impredecible: nuestros países se han movido por protocolos, normativas y estructuras. Así están concebidas nuestras voluminosas constituciones. Nuestro mundo fue estable y jerarquizado, como nuestra Constitución, que data de 1871. Los poderes que integran el Estado son tan estables que les cuesta interactuar entre ellos (aunque chocan con facilidad) y han logrado encontrar una zona de confort en el principio de independencia, acentuado por el principio de control. La normativa privilegia largos procesos que no producen resultados y si lo hacen son inoportunos y costosos en exceso. Esto es lo “tradicional”, que las clases políticas aún no se han percatado de su incoherencia con una nueva sociedad, más libre, más fluida, más espontánea y sustentada en otra tecnología, la digital.

El evasivo futuro: el connotado político laborista inglés, Jon Cruddas, ha planteado el reto actual que encaran los países en la figura de dos futuros: uno grandes riesgos y otro de grandes oportunidades. Ese reto es cómo controlar o atenuar los riesgos del “primer futuro” y aprovechar las oportunidades del “segundo”. Es posible que la mayoría de los países no estemos haciendo ni lo uno, ni lo otro. El vacío resultante incorpora un enorme desequilibrio: el Estado permanece estable, rígido en sus estructuras, sin respuestas a un entorno fluido, que cambia sobre la marcha y que se desplaza a una velocidad endiablada.

Un futuro de riesgos: en un apretado resumen, el futuros de los riesgos implican: grandes industrias desaparecen y con ellas trabajos especializados y trabajadores desplazados, con un presente y futuro inciertos; surgen nuevos focos de pobreza y desigualdad; el individuo pierde identidad en la estandarización; jóvenes compiten en un mundo en que las competencias cambian con relativa facilidad, producto de la innovación y la tecnología; se requieren nuevas competencias digitales aún para tareas básicas de nuestro diario vivir, como el manejo de electrodomésticos; la velocidad del cambio deja atrás millones de personas; las políticas públicas que orientan el desarrollo son extemporáneas por la velocidad y demandas del cambio; hay un creciente distanciamiento entre el sistema político, lento y arcaico, y la sociedad que responde con más velocidad al cambio.

Un futuro de grandes oportunidades: al lado de los riesgos, corren oportunidades, nunca en la historia tan ricas como ahora. Es un punto de inflexión que podríamos llamar la revolución del Internet, impulsado por un incremento gigantesco en la capacidad de generar, procesar y transmitir información, todo lo cual implica un cambio en nuestras vidas: nuevas posibilidades tecnológicas en la salud, nuevos requerimientos de educación, nuevos impulsos a la producción, nuevos productos, nuevos mercados, nuevos potenciales de investigación y renovación tecnológica y un mundo integrado en materia comercial.

La sociedad “5-75-20”. Obviamente, la tecnología y la política comparten amplias zonas grises. Los europeos se han percatado de ello en la figura de la sociedad “5-75-20”. El principio general es que la tradicional relación del progresismo con la clase media se ha roto por una “nueva” estructura demográfica. El 20 es fácil entender en el contexto de América Latina (AL) y de Costa Rica en particular. Se refiere al porciento de la población en pobreza y vulnerabilidad, con una fuerte marginación de los procesos y beneficios sociales. Resulta sorprendente que los países de la UE se hayan puesto a la altura de otros como el nuestro, por más que sus pobres son menos pobres que los nuestros, por los mecanismos compensatorios desplegados.

El 5% tampoco es extraño a nuestro contexto. Se trata de quienes reciben la mejor parte del pastel, producto de los precios crecientes de las propiedades y del mercado de valores, representados por profesionales de las finanzas, de los bienes raíces, la élite corporativa, empresarios exitosos y quienes reciben sustanciales herencias.

El 75% está rodeado de “nuevas” complejidades. Es la nueva clase media INSEGURA que fue agente de cambio en la lucha por el bienestar social y el rescate de los grupos postergados. La inseguridad se acentúa por la fluidez del entorno global y las aperturas comerciales. El cambio tecnológico no solo amenaza la estabilidad del trabajador industrial tradicional, sino también al trabajador de cuello azul y al profesional calificado. A título de ejemplo, en estos días Microsoft anunció el despido de 18 mil trabajadores a nivel mundial; y en el plano nacional, Intel despide a 1500 trabajadores ticos, por un reacomodo institucional en beneficio de países asiáticos.

Hemos planteado tres elementos fundamentales de cambio. Por una parte, una democracia sin capacidad para incidir en el bienestar material de la población, que impone costos institucionales y dolorosas fracturas sociales. Por otra, que no podemos encarar los retos de nuestro tiempo sin un entendimiento del “nuevo” mundo, radicalmente diferente de aquel en que muchos de nosotros crecimos. Nuestro pensamiento y nuestras respuestas pueden ser totalmente irrelevantes si nos regimos por nuestros conocimientos y experiencias. Finalmente, en parte producto de lo anterior, la política se enfrenta a un nuevo electorado, que no responde al mensaje tradicional o que incluso resiste forma y contenido del discurso que en otros tiempos produjeron la alianza entre el progresismo y la clase media. A estos tres aspectos nos referiremos de nuevo en un futuro editorial.


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