Las iglesias vacías

Nada hace hoy a la Iglesia católica más impopular que su divorcio de la feligresía.

El domingo trasanterior fui a un bautizo a la iglesia de San Joaquín de Flores y el acto se prolongó durante tres infinitas horas.

Para variar, el sacerdote se mandó tal sermón que un coro de 40 bebés sublevados parecían suplicarle que fuera al grano ya, pues hasta de política y de fútbol habló.

Entre tanto, el sol entero del mediodía se derrumbaba sobre la parroquia, los santos palidecían del hambre y del sopor, y la gente, con pica-pica por la monserga del cura, no encontró nada mejor para matar el tiempo que entretenerse con sus celulares o salirse, como yo, del templo.

Esta disfunción de la Iglesia es, por supuesto, extensiva a todas sus actividades prácticas y espirituales como bodas, funerales, misas y primeras comuniones donde los curas caen en la narcisista tentación de oírse su propio rollo en vez de comunicarse eficazmente con el rebaño, para lo cual la brevedad y contundencia del mensaje son esenciales.

Pero esa es apenas la puntita del iceberg eclesiástico actual porque si de tramitología para casar, anular matrimonios, perdonar y bautizar se trata, el asunto adquiere visos de tortura con los certificados, constancias, actas, testigos, cursos, admoniciones y demás requisitos que se le exigen al devoto.

De verdad que da grima tanta obsolescencia clerical. Todo avanza, el mundo cambia, la humanidad se mueve de prisa pero la Iglesia se mantiene en su divina caverna dejando a los creyentes en la más absoluta orfandad. Con razón el masivo éxodo de estos hacia el ateísmo, hacia otras religiones o hacia el desencanto espiritual.

Ya ni siquiera vale la pena discutir con la Iglesia sobre su arcaísmo supino. Lo mejor ahora es dejar sus templos vacíos y sanseacabó. Las posiciones absurdas y hasta ridículas que alienta crean tal vacío en las almas católicas que reducen su doctrina a impostura, a majadería.

Mientras a los homosexuales les hace la vida cuadritos por considerarlos bichos raros, a los heterosexuales les aplica también el mismo rasero a la hora de reclamar sus derechos. A aquellos por lo del matrimonio y la adopción de hijos, y a estos porque ni les permite el preservativo para planificar ni les permite la fertilización in vitro para procrear.

¿Con qué autoridad moral, entonces, se pone tan exquisita la Iglesia para exigir sin antes mirarse en el espejo de su pedofilia rampante, de los negocios ilícitos, de los privilegios fiscales, de los lujos y las riquezas, de las contradicciones y del doble discurso que la enturbian y degradan?

El papa Francisco lo entiende así y a eso pareciera haber llegado; a poner la casa de Dios en santa coherencia con las enseñanzas del Jesús que pregona y que ordena no lucrar con la salvación, facilitar al feligrés el ejercicio de su credo, no coludirse con el Estado, no ser tan aberrante con el tema sensible sobre la vida y el sexo; no catequizar con el miedo, modernizarse y ser más pragmática.

El advenimiento de un líder carismático y “aterrizado” como él quizá sea lo que a la Iglesia más le ha estado urgiendo para, ante la estampida de su clientela espiritual, poner las barbas en remojo y satisfacer sin tanta inoperancia y dogmatismo las exigencias de la fe que profesa.

ed@columnistaedgarespinoza.com

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