Mi carrito de compras

A mí siempre me va muy bien con las compras de la semana en el súper. ¿Y a usted?

No consumir carne del todo ni sus derivados me ayuda a reducir sustancialmente el presupuesto de comida sin dejar de comer rico y saludable.

Tres pechugas de pollo, un par de chuletas de cerdo o cuatro filetes de pescado a la semana cuestan hoy un dineral, y al mes, arruinan a cualquiera.

Esa proteína la sustituyo con unos garbanzos en salsa de tomate, culantro, limón y cebolla que, durante la semana, alterno con lentejas, frijoles y pallares.

Tampoco incluyo en mi carrito ningún derivado animal, es decir, ni lácteos, ni embutidos ni huevos (a menos que sean de pastoreo), con lo que el presupuesto familiar se viene todavía más abajo.

El consumo de la B-12 lo resuelvo muy fácil yendo cada mes a la farmacia a inyectarme 2cc de esa vitamina, y listo. La ampolla cuesta unos cuatro mil colones y me dura cuatro meses. (La punzada es gratis).

Además, durante mi breve travesía por los pasillos del supermercado ignoro un sinfín de productos procesados caros y que tampoco aportan beneficios a la salud.

Entre otros, los refrescos y jugos que son puro químico con azúcar (algunos con sobredosis de dulce), los enlatados de carne con grasas letales, los envasados con preservantes y otros añadidos, los congelados y todo ese universo de frituras y confituras.

No hay que perder de vista que, en su desmedido afán de lucro, la industria alimenticia constantemente se inventa cosas que, al paladar, saben bien pero que para el bolsillo y el organismo podrían resultar nocivas.

En cambio, una esencia de espinaca o pejibaye (sin lácteos) como entradita; unos chayotes, zapallos y vainicas al vapor, o una ensalada de lechuga, tomate, pepino, perejil y hojas de apio son exquisitamente baratas, livianas y nutritivas. ¡Pura fibra!

Puede ser también una pasta integral cocida en salsa de tomate natural y aceite de oliva; un sándwich de aguacate con berenjena, pepino, cebollino y chile dulce a las brasas; unas papas salteadas con cebolla doradita y crocante…

Y frutas. El aguacate, por ejemplo, es mi “carne”. Y con arroz y frijoles, el cielo. Luego, las de rigor: piña, fresa, naranja, guayaba, mango, melón, banano… Más fibra, sí, pero, ojo; también azúcar. Una taza es suficiente. ¡Tampoco la violencia!

El estilo de vida y el ritmo de los tiempos han dado pie a la aparición de todo un universo de productos que alteran y desnaturalizan el gasto y la nutrición que se deben seguir.

Por eso, las secciones “beauty” de los supermercados también me las brinco. Nada de desodorantes, cremas, talcos, geles ni champuces. ¡Agua y jabón, nada más! Tampoco químicos tronadores para el piso; si acaso cloro para matar los gérmenes, y si no a escobazo limpio.

Mucho menos papel higiénico con textura de nube, desinfectantes con fragancia a moras del bosque, servilletas con sabor a “cinamon” y odorizadores ambientales de lavanda o rosas del desierto.

Sume usted no más cuánto llevaría ahorrado hasta ahora si su “diario” semanal de rutina fuera actualmente de 100 mil colones. Por lo menos la mitad. Una mitad que, sumadas a muchas otras mitades en combustibles, electricidad, ropa, medicamentos, restaurantes, etc, podría hacer la gran diferencia en su presupuesto.

ed@columnistaedgarespinoza.com

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