Mi teléfono celular

Me declaro hoy aquí poseedor del teléfono celular más exclusivo que exista sobre la faz del planeta.

Nunca me abandona a pesar de las groserías que le hago, desde dejarlo perdido días y noches bajo el asiento del carro, olvidado en alguna chaqueta dentro del closet o a merced de la indigencia e intemperie.

Se trata de un celular sin abolengo, fuera de mercado, cero estatus social y sin nadie que me lo envidie. Tres veces me lo han devuelto tras caérseme y dejarlo perdido en la calle. La tecnología de los últimos cinco años le pasó por encima como un ferrocarril y lo acabó desde el primer día en que, como gran cosa, lo adquirí.

Todo, en realidad, es así ahora; si no estás en la cresta de la ola tecnológica, no estás en nada. El teléfono móvil que en este minuto es, en el siguiente ya no es. Me pregunto hoy si el no haber tenido antes teléfonos móviles será parte de la aciaga noche humana de los tiempos.

Creo que no. Cada cosa tiene su momento y lugar. En mi juventud el teléfono móvil no hacía falta. Todos estábamos al alcance de la mano, no existían las presas, no había apuro, los negocios se pactaban en una soda o cafetería y el estilo de vida era muy distinto.

Hoy es otra cosa. Me he quedado tan rezagado en esa materia que a la hora de dar mis vueltas por San José, dos de mis hijos que viven en el exterior suelen llamarme al celular para prevenirme de los embotellamientos viales, choques, barricadas o manifestaciones capitalinas.

Y es porque mi “celu” no tiene cámara, música, pantalla táctil, Facebook ni Skipe. Ni siquiera Internet. Mucho menos WiFi. Es un inadaptado electrónico. Su única misión en esta vida es, simple y llanamente, telefónica. Bueno…cuando la señal del ICE está de buen humor.

¡Si ustedes lo vieran, al pobre! Donde no está abollado, está escarapelado; los bordes muestran señales de herrumbre (su única señal segura), la pantalla padece de cataratas, la alarma sufre de hipo y su timbre es más un aullido que una llamada entrante.

Quienes me escuchan al otro lado de la línea, o del espectro electromagnético, dicen recibir de mí una señal tartamuda, y las primeras sospechosas de esta interferencia son unas hormigas que a menudo veo entrar y salir por el hueco del audífono. Todo parece indicar que se están comiendo la memoria de mi “celu”, la última que me queda.

Hace poco, tras ocho días de estar extraviado, alguien en casa lo encontró en las cavernas de un sofá con 35 llamadas perdidas, la mayoría mías tratando de localizarlo, y un mensaje también mío preguntándole «Maje, ¿dónde estás?».

A veces lo encuentro gracias no a esas llamadas sino al sonido agónico de su batería. Suena a soprano degollada. A mí me angustia porque lo escucho muriéndose y nunca sé dónde está para ir en su auxilio. Transcurrido algún tiempo sin aparecer, el sonido que emite es ya de ánima en pena y entonces dejo de buscarlo. Me da miedo.

Y no es broma; hace poco me lo encontré oficialmente muerto. No solo de la batería, sino de todo el cuerpo. Para decirlo en la jerga policial, «No mostraba signos compatibles con la vida».

Le hice de todo; lo desarmé, lo sacudí, le di masaje cardiorrespiratorio, le soplé el chip, le limpié las tripas, fumigué las hormigas, le hablé y hasta le pedí perdón. Pero nada; no reaccionó.

Incluso le quité el sarro de las palabrotas que profiero cuando se corta la señal o del todo ésta no entra y me sale con el cuento de que «No hay conexión», «Sin servicio» o «Red ocupada».

La cosa es que, con mucho dolor, tuve que darlo por extinto. Al fin y al cabo era un ser querido. Tan feíto y maltrecho el pobre que, a modo de estuche, yo lo portaba en una bolsita que le tejió mi cuñada para que no se abollara más. (O, a la larga, para que nadie me lo viera).

Como un homenaje final, lo velé en mi veladora. Ahí quedó insepulto en su rigor mortis a la espera de la camioneta fúnebre del reciclaje que llegaría a casa en cualquier momento.

A los nueve días exactos, al verlo todavía sobre mi mesa de noche, otro de mis hijos me dijo: «Botá ya ese “gajo” y comprate algo mejor». No bien lo dijo, cogí el teléfono decidido a echarlo en la bolsa de desechos electrónicos con tan mala suerte que, al apretarle por accidente una tecla, resolló y encendió.

Aquí sigue conmigo. No se muere el cabrón y su fidelidad hacia mí, a toda prueba, me impide traicionarlo con uno de esos “megachuzos ” de hoy.

Ahora me entero de que los señores de la Microsoft, dueños actuales de Nokia, le han puesto la lápida a esa marca. O sea, han “nokiado” mi Nokia. No obstante, conociendo mi teléfono, mejor me espero antes de comprarme otro, no vaya a ser que me llame de nuevo.

ed@columnistaedgarespinoza.com

 

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