Opinión: ¿Cómo se congela un segundo?

Hoy me levanté más temprano que de costumbre. Sabía que tenía una cita que iba a cambiar el rumbo de mi vida. Me prometí levantar la frente y sacar pecho a lo que viniera. De todas formas, tenía meses esperando este momento. ¡Jamás imaginé lo que el destino tendría para este día!

Llegué antes de tiempo a la cita, sentí mi corazón acelerado, más de lo normal. Y, ¿cómo no? ¡Tenía miedo! El temor natural de quien se enfrenta a lo desconocido. El temor a no saber qué iba a pasar con mi vida después de la firma, quién iba a ser, cómo actuaría, cuáles serían los pasos a seguir después de hoy…

Pero también debía reconocer que esperaba ansioso el momento de volverla a ver. Habían pasado días, semanas y meses de no verla, no admirar esa sonrisa que siempre me cautivó y que quizá fue una de las razones que hicieron que me enamorara de ella… ¿Y su perfume? Ese aroma que aunque estuviera dormido me decía que ella estaba junto a mí…

Por otra parte, mi ego de macho la quería ver destrozada, dolida, humillada…perdida.

Recién me senté de espaldas a la puerta, el perfume que siempre amé me hizo voltear. Allí estaba ella: hermosa, fresca, inteligente, valiente…sonriente. ¡Qué golpe más duro para mi ego!

Me miró a los ojos y saludó. La miré y quise matarla con la mirada. Jamás aceptaría frente a ella lo débil que soy, que me viera doblegado, derrotado….¡Nunca!

El protocolo fue rápido…No había nada que decir, ya todo estaba hablado, negociado. Dos firmas fueron suficientes para verme soltero de nuevo, para tirar al cesto de la basura 20 años de nuestras vidas, para tener una extraña frente a mí que me dio la mitad de su vida.

Llegaron las preguntas a mi mente: Y, ¿ahora? ¿Qué hago? ¿Qué le digo? ¿Cómo me despido?

Fue muy extraño creerme siempre valiente, ágil, inteligente… y en ese momento verme tan perdido como niño en un centro comercial.

Por suerte, alguien sugirió nos diéramos la mano como amigos. Ella la brindó primero y yo accedí como quien no quiere la cosa, pero la desea de todo corazón….

¡Se congeló un segundo! Por un segundo de tiempo normal que tuve su mano en la mía pasaron frente a mí tantos y tantos segundos de mi vida…Uno a uno…

El momento cuando la conocí en aquel concierto, el primer beso, la boda, la primera vez que hicimos el amor, el nacimiento de nuestro hijo mayor (el primogénito), nuestra hija (la princesa), y el menor (el ángel).

También recordé las veces que ella me apoyó en mis locuras de negocios y las veces que me levantó cuando nunca fueron exitosos. Los momentos cuando me sostuvo porque no tuve fuerzas, me atendió en la enfermedad, las veces que disfrutó cada uno de mis éxitos y estuvo a mi lado en las buenas y en las malas.

Pero también vi los disgustos que le causé a ella, los malos ratos, la vergüenza de sentirse engañada, el rencor, el dolor de mi partida, el sentimiento de abandono durante tantos años…y fue entonces cuando me dije: – “¡Dios mío! ¿Qué hice?”

Y solté su mano…y el tiempo continuó.

Ella dio media vuelta y se fue. Cuando la vi por última vez, supe que la había visto por última vez.

Y no quise quedarme con las ganas de decirle lo hermosa que se veía esa tarde. De recitarle (aunque sea por última vez) la bendición que había inventado para ella.

No me importó lo que decía mi “amigo” el abogado. Corrí tras ella para invitarla a un café….como desconocidos.

Bajé las escaleras desesperado, salí y no la vi. ¡Había desaparecido! “Imposible…¿Dónde se fue?” – me dije.

Fueron el griterío y la multitud de gente en el centro de la calle lo que llamó mi atención. Y fue ver una parte del vestido que le regalé (y que ella siempre amó) lo que hizo que corriera como loco al centro de esa multitud.

Recuerdo verla ahí: tirada, inerte, sangrante. Yo con tanto que decirle y ella en otro mundo. Con ganas de rogarle que me dejara ser su amigo y ella…dormida….

¡Un segundo! ¡Si tan sólo hubiera sostenido su mano un segundo más! Si hubiera podido congelar ese segundo ella no hubiera llegado al mismo tiempo que el vehículo que la atropelló, ni estuviera en ese lugar. Dicen los testigos que salió llorando del edificio y no se fijó al cruzar la calle.
Un segundo es lo que se necesita para decir: “¡Perdóm!” – “¡Te amo!” – “Te extraño” – “Significás tanto para mí” – “Estoy aquí” – “Apoyate en mí” – “Fallé” – “Intentémoslo”…. Pero lo aprendí tarde…muy tarde.

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