Periodismo en la picota

No hay escapatoria; también al periodismo le llegó su hora.

Al igual que la Iglesia, los supremos poderes, la democracia, la justicia, la política, la educación y la familia, el periodismo muerde hoy su propio polvo.

En mis 50 años de andar en esto nunca lo había sentido tan disminuido.

Tan sobornable y cómplice.

Pero sobre todo, tan distante de su razón de ser: la verdad.

¡Oh paradoja! El periodismo que desnudó, completita, a una sociedad moderna en descomposición, acabó siendo cepa del mismo virus.

Uno lo hubiera querido siempre inmune, fortachón y vigilante incondicional de nuestros más eximios valores.

Pero no. Como parte inherente del tejido social humano, es también sensible al contagio.

El peor enemigo suyo pareciera estar hoy dentro de los propios medios de comunicación.

Empezando por aquellos dueños que tienden a convertirlo en máquina personal o empresarial de hacer plata.

Al costo, por supuesto, de comprometer la ética, la libertad de expresión y el derecho del público a estar bien informado.

Y terminando por aquellos directores de medios que hacen gala de su innata vocación de cortesanos y sirven a sus amos antes que a los intereses nacionales.

En tiempos de la monarquía se les llamaba “lacayos”. Y en los nuestros, los del mercado, “besatraseros corporativos”, toda una especialidad de la servidumbre mediática moderna.

Las consecuencias están a la vista:

-Medios de comunicación metidos en enredos fiscales.
-Uso perverso del periodismo en beneficio de negocios propios.
-Directores que invitan a almorzar en su casa, con la familia, al candidato político de su preferencia.
-Manipulación, a matar, de sondeos y encuestas políticas.
-Desmantelamiento de “las unidades de investigación” que suelen cuestionar a políticos y jerarcas públicos en el medio.
-Falta de liderazgo sano y eficaz en las redacciones.
-Simbiosis del medio periodístico con la clase gobernante para beneficio mutuo.
-Censura del medio a sus propios periodistas y pésimo ambiente laboral.
-Fuga de periodistas capaces y honestos que no se someten a la presión malsana de sus jefes.

La gente, que de tonta no tiene un pelo, se ha dado cuenta de cuáles medios son y ha dejado de leerlos, verlos o escucharlos.

¿Resultado? Pérdidas sensibles en las ventas, en las suscripciones, en los “rating”, en la audiencia y en la publicidad.

Pero sobre todo, en la credibilidad.

Por eso, rindo homenaje a todos aquellos periodistas que no se doblegan ante nadie ni nada.

Me quito el sombrero ante aquellos periodistas que rechazan la tentación del dinero fácil y enfrentan con sabiduría el acecho de los dueños del medio informativo, del poder político y hasta de los caballeros de la droga y sus secuaces.

Mis respetos para esos periodistas que ofrendan a diario su vida por la verdad.

¡Que su sangre nos redima!

ed@columnistaedgarespinoza.com

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