¿Qué nos dice la encuesta? ¿Qué importa?

editorial 150x150 ¿Qué nos dice la encuesta? ¿Qué importa?Las encuestas dicen poco y dicen mucho. Dicen poco porque el margen de error, en ésta última la de Unimer para La Nación, publicada el fin de semana, de más o menos 2,5%, es decir 5 puntos de diferencia, implican, en relación con el total de votantes registrados, más de 200 mil votos. Dicen mucho porque, posiblemente su principal atributo sea dar una idea sobre las tendencias electorales. Y en este sentido ha sido consistente. Lo que importa, son otros 100 pesos. Su mensaje más claro, relativo al interés nacional y a la sobrevivencia de la institucionalidad, es que la población votante no confía en la capacidad resolutiva de problemas del sistema político. Manifestaciones de ello es que tengamos la dispersión electoral en 14 candidatos, y que una de estas tendencias que históricamente se ha ubicado por debajo del 3%, es líder de la encuesta. La distribución de preferencias, alejadas del tema ideológico, simplemente constituyen una vos de protesta.

La protesta es contra “los políticos”, pero más precisamente contra la democracia, porque la esencia de la democracia se encuentra en el sistema político. Y esto es contradictorio en un país que ha logrado enormes éxitos políticos, sociales y económicos desde la segunda mitad del siglo pasado. Ningún otro país en América Latina ha alcanzado el nivel de desarrollo de Costa Rica, en paz y democracia. En toda la región, sin excepción, medió la violencia y la dictadura; algunos países tuvieron éxito, uno tal vez mejor que Costa Rica, y muchos otros se han quedado atrás, a pesar del alto costo que con frecuencia se pagó con sangre.

Por otra parte, la población posiblemente sabe que algo “anda muy mal”, pero no lo precisa o, al menos, sus preferencias políticas no sugieren que lo sepa. La encuesta es liderada por una posición estatista y afinidades con regímenes de corte autoritario. El país se quedó trabado y no parece moverse en ninguna dirección. La población sabe que el Estado no funciona. Y lo sabe con certeza porque su vida está ligada en múltiples formas con la administración pública y conoce su respuesta: lenta, ineficiente, costosa, no resolutiva. La contradicción se presenta cuando la tendencia más estatista, que descansaría en más estado, a pesar que hoy nos cuesta el equivalente al 78% del PIB, salta al primer lugar, seguida en forma cercana por la tendencia que reduciría el estado a la mínima expresión.

Por otra parte, las tendencias que compiten en el proceso electoral, tampoco se han distinguido lo suficiente en la presentación de sus correspondientes ideologías. El partido mayoritario ha sido excluido de la contienda electoral por su propio candidato, que busca distanciamiento, sino reconocimiento explícito de que ha fallado. Así, el blanco de todos los “partidos” es el mismo. La agrupación líder niega lo que todos saben: que es una corriente izquierdista, afín al modelo chavista. La derecha tiene un pensamiento mucho más claro que todos sus contendientes y tal vez eso explica sus ganancias. Otros partidos que han sido importantes en el pasado, parecen relegados a la irrelevancia.

Así, el entorno político es difuso, impreciso y poco efectivo en sus capacidades para atraer volúmenes importantes de simpatizantes ¿Qué opciones tiene el votante? Nos aventuramos a hacer algunas sugerencias, en función de una expresión con una connotación negativa: el radicalismo. Hay claras posiciones radicales de izquierda y de derecha, ambas condenadas por la evidencia empírica. Nos explicamos.

La historia no registra éxitos en el plano político, social y económico por la izquierda radical. Ejemplos de ello, la Unión Soviética, los países de la Europa del Este, Corea, Cuba y Venezuela. La planificación central ha sido un fracaso, precisamente porque descansa sobre el autoritarismo impuesto por un “líder” o un grupo pequeño y cerrado. Sin democracia, se pierden los filtros que la diversidad aporta y por tanto solo hay una verdad incuestionable impuesta. Cuba se podía haber ahorrado 50 años de pobreza y sacrificios políticos de su población, si hubiera contado con esos filtros (prensa libre, partidos políticos, congreso, elecciones, poderes del estado que funcionan como contrapesos, etc.). Venezuela es el mejor ejemplo viviente de esa tragedia. Por supuesto, nuestra izquierda radical tendrá un discurso moderado que oculte sus verdadera ideología.

Pero tampoco hay experiencias de derecha que hayan tenido éxito. El mercado es una maravillosa institución que puede producir los resultados más contradictorios posibles. No tenemos un país en el que la dependencia del mercado haya producido paz y progreso. Irlanda fue un ejemplo reciente, dentro de la institucionalidad democrática, pero efímero. Más cercana a nuestra realidad fue la experiencia chilena, convertida durante la dictadura de Pinochet en un laboratorio de la escuela de Chicago y de su principal mentor Milton Friedman. Pinochet dejó al país con más de la mitad de la población en pobreza y un enorme costo humano y político. Los gobiernos democráticos rápidamente superaron esa situación y hoy Chile es el país más desarrollado de América Latina y con el menor nivel de pobreza.

¿Qué queda en medio de los extremos de izquierda y derecha? Volvamos atrás. La izquierda extrema tiene poco que ofrecer en las circunstancias actuales y frente a los retos que encara el país. Su coqueteo abierto con tendencias autoritarias implican un serio riesgo para el país y para el entorno centroamericano, dadas las intenciones hegemónicas del chavismo. La población hondureña lo ha rechazado y es importante que Costa Rica lo haga también. El liderazgo de izquierda ha cambiado su discurso, pero no sus afinidades y preferencias ideológicas.

El mercado es una institución maravillosa, con un potencial positivo y negativo. Por una parte, puede contribuir a aumentar la productividad, generar riqueza y eficiencia en la distribución de los recursos del sistema económico. Es así un aliado del crecimiento, proveedor principal de empleo e ingresos. Pero, su gran motor, la rentabilidad, que favorece al capital en perjuicio del asalariado, puede producir polarización entre unos pocos ricos y muchos pobres. El resultado es la inestabilidad social y la insostenibilidad del modelo, que puede comprender brotes de violencia.

¿Qué puede hacer el ciudadano que pone al país por encima de las ofertas ideológicas? Un viejo líder, muy apreciado por los costarricenses, sugeriría escoger al sistema (y candidato que lo represente) que permita producir con eficiencia y distribuir con equidad. Producir con eficiencia requiere del mercado, con regulaciones selectivas para elevar su potencial de generar riqueza y controlar sus efectos adversos. El Estado tiene derecho a incursionar en la actividad privada en presencia de fuertes imperativos sociales, por ejemplo, en los campos de la seguridad, la educación, la salud y algunas otras coberturas esenciales, como en nuestro caso el agua y la electricidad. Pero no hacerlo en campos que son claramente competencia de la esfera privada. Igual, el Estado debe ser fuerte. El que tenemos es débil, grande, costoso y obstaculizante del desarrollo. Igualmente, deberíamos de rechazar entornos monopolísticos, que siempre resultan perjudiciales para la población.









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