¿Qué tanto existe la familia tradicional en Costa Rica?

La marcha católica del domingo pasado estuvo muy preocupada por el rescate de la denominada “familia tradicional”. Los que marcharon están en su derecho a aspirar a lo que quieran. Pero también hay que decir que dicha aspiración choca con la realidad las familias costarricenses.

En este pequeño artículo no busco hacer una tipología de las familias costarricenses, porque sería una tarea de mayor profundidad. Con mayor modestia voy a tomar unos cuantos datos que dan unas pistas de por dónde marchan las cosas.

Veamos.

En el año 1983, el 62% de los niños nacieron en una familia cuyos padres estaban casados. En 2012, este porcentaje fue de tan solo del 31%.

En el año 2001, el 40 por ciento de los matrimonios fue oficiado por la iglesia mientras que en el 2012 solo el 27 por ciento. Es decir, el matrimonio sacramental de las pancartas de la marcha católica es minoritario desde hace tiempo y cada vez es más minoritario.

En otras palabras, los abogados están ganando participación en el mercado de “oficiar” matrimonios en comparación con los sacerdotes católicos y ahora tienen la mayoría de la actividad.

En el año 2010, el 82 por ciento de las mujeres usaba algún método anticonceptivo. Solo un 1% usaba el ritmo. Al ver estos datos proporcionados por la Encuesta Nacional de Salud Reproductiva me recordé una de las pancartas de la marcha católica que decía: “los hijos son un don de Dios”. ¡Pero de la pancarta al lecho hay un gran trecho!

En el Censo del año 2011, a pesar de las limitaciones de las rígidas definiciones censales, se puede examinar algo de la diversidad de las familias costarricenses: el 42 por ciento de las familias están compuestas por los dos padres e hijos, el 20 por ciento son hogares donde solo existe la figura del padre o de la madre, el 11 por ciento son hogares de una sola persona y luego hay conjunto de situaciones muy diversas.

En conclusión, la familia costarricense está muy lejos de las aspiraciones de la marcha católica. No hay duda que debe respetarse a quienes quieren vivir los preceptos católicos de la familia. Este grupo no debe preocuparse, nadie les va impedir vivir su sueño de familia tradicional, aunque en la realidad sea un grupo minoritario. Lo que no resulta aceptable en una sociedad democrática es que un grupo –mayoritario o minoritario—intente imponer su visión de familia a los demás.


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