¿Visita usted al doctor o al do¢tor?

La imagen del médico, otrora sacrosanta, se ha venido a pique.

No hablemos ya de las clínicas y los hospitales de la CCSS; vas hoy a la consulta privada y la atención médica que recibís tiende a ser tan breve y liviana como superficial.

Con tu mal a cuestas y la esperanza de curártelo, aguardás nervioso en la antesala ambientada de diplomas médicos colgando en la pared y alguna calavera de adorno que te coquetea hasta que te llega la hora de morir, perdón, de entrar al consultorio donde el doctor, con su batita blanca, estetoscopio alrededor del cuello y sonrisa protocolaria, se dispone a escucharte.

Es cuando vos, entre aturdido ante tanta sofisticación y acongojado por lo que le vas a contar y él a diagnosticar, le decís tu dolencia: “que me brinca un ojo, que ronco a lo bestia, que me pica el cerebro, que la halitosis, que las almorranas…”, lo que sea, mientras el doctor escribe y escribe bien ceñido a su “compu”.

Acto seguido, éste te invita a sentarte o acostarte en la camilla donde te pone a respirar profundo con la boca bien abierta y a decir “aaaaaaa” con dos metros de lengua afuera y su paletita de madera hundida hasta el vómito y vos rojo de tanta arcada y de la vergüenza.

Sin reponerte todavía de ese primer golpe al ego que hasta los mocos te saca, el médico te mete luego un foco por las fosas de la nariz, de las orejas y de los ojos, si es que de camino no se encuentra otra por ahí, para de una vez por todas sacar sus conclusiones y darte el acta de disfunción. (No confundir con la de defunción que es posterior).

Finalmente, mientras te recomponés la dignidad y el garbo en la camilla, pues hasta la camisa hay que escurrir de lágrimas, sudor y babas, el doctor regresa mondo y lirondo al escritorio desde donde te dice lo que tenés, garrapatea una receta y que pase el próximo porque se te acabó el tiempo.

Al salir del consultorio ocurren dos cosas: los pacientes que esperan en la sala te escrutan a ver qué tan muerto estás, y la recepcionista, que ya se secreteó a través del intercomunicador con el médico, te dispara el recibo por ¢55 mil colones. (Ahí es cuando te deberían tomar la presión).

El siguiente paso es volar a la farmacia donde te terminan de dar por la nuca con ¢60 o ¢100 mil en medicinas y ¡aquella presión subiendo!, con el agravante de que perdés comunicación con el médico porque después ni te atiende por teléfono ni te da su dirección de correo electrónico para seguir la evolución del tratamiento. Por lo general te obliga a una nueva cita, a unos nuevos ¢55 mil colones y a más medicinas.

Traigo esto a colación porque me acabo de encontrar a uno de esos médicos de verdad, de los que ya quedan pocos, que te dedican hora y media a conocer tu historial clínico y el de tu familia, a examinarte a fondo de pies a cabeza, a investigar tu caso incluso fuera de horas de consulta y -¡sin palabras!- a llamarte por teléfono o escribirte un email preguntando por tu salud y dándote nuevas indicaciones.

Esta hornada de doctores dedicados al paciente es ya un bien en extinción, pues el sentimiento de que la industria médica y farmacéutica se abusan hoy más que nunca del paciente al poner su desmedido afán de lucro por encima de la salud de este, de su poder adquisitivo y de la calidad del servicio, es cada vez más generalizado.

Si a eso le sumamos, ahora sí, la crisis de la Caja, la decadencia del sistema hospitalario nacional y las prácticas cuestionables de buena parte de su personal médico, pues nuestro destino pareciera ya escrito:  estar más muertos que vivos.

ed@columnistaedgarespinoza.com

 


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