Y se nos agrió el “Pinto”, carajo

Cuentan que a Jorge Luis Pinto lo veían cada noche en calcetines tricolores recorrer de puntillas los largos pasillos de su hotel en Brasil, donde se hospedaba la “Sele”.

Valido de una llave maestra digital, entraba con sigilo en las habitaciones de los jugadores para asegurarse de que, acorde con su código, el Código Pinto, estuvieran todos entre las cobijas ya bien rezados, orinados y dormidos.

No permitía que ninguno de sus pupilos se le saliera del canasto porque, de atreverse, se lo traía a la habitación de las orejas, del pelo o de lo que fuera, para darle su varapalo verbal y sentenciarlo a trabajos forzados con la “brazuca”.

Sin embargo, esto no le era nada fácil de lograr. Pinto sabía que dormía con el enemigo, que compartía la misma habitación con Paulo César Wanchope aunque en camas separadas debido a que ambos tienen muy mal dormir. Mientras el profesor Pinto padece de calambres telúricos y tira de las cobijas toda la noche, Chope estira las canillas y se acaba el cuarto.

Para poderse levantar y hacer su ronda nocturna, Pinto se aseguraba primero de que “Chope” estuviera bien privado. El problema era que éste dormía siempre con un ojo bien abierto pues, a petición expresa del chino Li, no podía perder jamás de vista al profesor.

No obstante, como a Chope el ojo abierto se le dormía a veces sin cerrársele, Pinto, tras hacerle algunas pruebas oníricas, se le escapaba.

Y así, luciendo una piyama bombacha de colorinches con gorro de pirucho, salía del cuarto en medio del silencio cómplice de la alfombra, se aseguraba de que no hubiese nadie a su alrededor y, diluido entre la penumbra opaca de los pasillos, se introducía en la habitación de cada uno.

Empero, su otro gran problema era coincidir en los pasillos con el reverendo Blatter, el Fifo mayor, quien a esas horas solía asistir a una clase privada de “Lambada intensiva” con una mulata carioca que, tras la sesión, lo devolvía al cuarto generalmente en camilla.

Sin embargo, cierta madrugada, al doblar en la esquina de uno de los pasillos hacia el ascensor, Pinto se encontró de repente a Eduardo Li, también en piyama, y no supo qué hacer porque, como es chino, ignoraba si estaba dormido o despierto.

Pinto sólo escuchó a Li diciendo cosas como “Me las vas a pagar, cabrón”, “¡Mirala que te renuevo el contrato!” y “Date por muerto”, pero aquél no se lo tomó personal porque su patrón caminaba a tientas con los brazos extendidos hacia ninguna parte.

El profesor Pinto insistía en entrar a las habitaciones de los muchachos porque sospechaba que infringían reglas suyas tan importantes como la de no comer de noche frijoles negros con cebolla para no alterar todo el “ph” atmosférico del hotel.

Temía también que Keylor Navas se desvelara rezando las nuevas letanías que alguien le había enviado por Internet y que decían cosas como “Oh Señor, córtale la jupa a Balotelli”, “Arratónale la derecha a Robben”, “Mójale la pólvora a Gerard”…

Además, desde que Cristian Bolaños fue declarado el jugador más sexy del mundial, Pinto le interceptaba las llamadas telefónicas y no sabemos si también algunas chicas.

Y es que Pinto se había puesto muy quisquilloso desde que se encontró a sus estrellas jugando tablero, ‘playstation’ y naipe en la habitación, así como viendo por “tele” a las “chicas Reef” brasileñas a ritmo de samba a lo largo de las pasarelas enardecidas.

A raíz de eso Pinto los sometió a las peores torturas imaginables con la “brazuca”, desde pararlos en un pie una hora sobre ella sin sostenerse, o utilizarla de almohada toda la noche, hasta “dormirla” cinco minutos sobre la punta de la nariz sin que se les cayera.

Y, bueno, al final ocurrió lo que ocurrió: convertimos al “Ciudadano de honor” en “Ciudadano de horror’ y la era Pinto se nos derrumbó de repente como un castillo de azúcar.

ed@columnistaedgarespinoza.com

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